libro rojo

¿De qué color es este libro?

Escena I. Frank está en la consulta de un oculista. El médico levanta un libro y pregunta “¿de qué color es?” Frank contesta: “Rojo”. El médico dice “¡¿Ajá, lo que pensaba! Su mecanismo del color está completamente alterado. Afortunadamente tiene curación, en unas cuantas semanas estará usted perfecto”.

Escena II (unas semanas después). Fran está en el laboratorio de un epistemólogo experimental. (¡Pronto sabrá lo que es!) El epistemólogo levanta un libro y también pregunta: “¿De qué colore es?” El oculista ya ha dado por “curado” a Frank, pero ahora éste se muestra muy precavido y analítico, y no se atreve a decir nada que admita discusión. Así que contesta: “A mí me parece rojo”.

Epistemólogo: ¡Mal!

Frank: Creo que no has oído lo que he dicho. Sólo he dicho que a mí me parece rojo.

Epistemólogo: Te he oído, y estabas equivocado.

Frank: Voy a aclarar esto; ¿quieres decir que me equivoco en que este libro sea rojo o que me equivoco en que me parezca rojo?

Epistemólogo: Evidentemente, no hubiera podido decir que te equivocabas en que este libro fuera rojo, porque no has dicho que fuera rojo. Has dicho que te parecía que era rojo, y es esta afirmación la que está mal.

Frank: Pero no puedes decir que la afirmación “Me parece rojo” esté mal.

Epistemólogo: ¿Si no puedo, como es que lo he hecho? Frank: Quiero decir que no puedes referirte a eso. Epistemólogo: ¿Por qué no?

Frank: ¡Yo sabré mejor que nadie de qué color me parece el libro!

Epistemólogo: Te equivocas de nuevo. Frank: ¿Quién lo sabe mejor que yo? Epistemólogo: Yo.

Frank: ¿Pero cómo vas a conocer mis propios estados mentales?

Epistemólogo: ¡Tus propios estados mentales! ¡Bazofia metafísica! Mira, soy un epistemólogo práctico. Los problemas metafísicos acerca de la mente versus materia surgen sólo a raíz de confusiones epistemológicas. La epistemología es el verdadero fundamento de la filosofía, pero el problema de todos los epistemólogos es que han estado utilizando métodos pomposamente teóricos, y gran parte de sus discusiones degeneran en juegos de palabras. Mientras que otros epistemólogos han estado argumentando solamente preguntas como si puede uno equivocarse al afirmar que cree tal o tal cosa, yo he descubierto cómo solucionar estas cuestiones experimentalmente.

Frank: ¿Cómo se puede solucionar estas cuestiones empíricamente? Epistemólogo: Leyendo los pensamientos de una persona directa-mente.

Frank: ¿Quieres decir que tienes telepatía?

Epistemólogo: Por supuesto que no. Sencillamente he hecho lo más natural que se puede hacer: he construido una máquina que lee la mente , conocida técnicamente como  cerebroscopio  que está funcionando en este momento en esta habitación y está examinando cada célula nerviosa de tu cerebro. De esta manera puedo leer cada una de tus sensaciones y pensamientos, y es una verdad objetivo  que este libro no  te parece rojo.

Frank (profundamente abatido): ¡Dios mío, hubiera jurado que me parecía rojo! Tiene que parecer que me parece rojo.

Epistemólogo: Lo siento, pero te equivocas de nuevo.

Frank: ¿De veras? ¿Ni siquiera parece que me parece rojo? Seguramente parece que parece que me parece rojo.

Epistemólogo: ¡Mal otra vez! Y por mucho que repitas la frase parece que  seguida del libro es rojo, te equivocarás.

Frank: ¡Esto es fantástico! Supongamos que en vez de la frase parece que dijera creo que Volvamos al punto de partida. Retiro la afirmación “me parece rojo”, y en cambio afirmo, “creo que me este libro es rojo”. Esta afirmación ¿es verdadera o falsa?

Epistemólogo: Espera un momento que mire los indicadores del cerebroscopio. No, tu afirmación es falsa.

Frank: Y si digo “Creo que creo que este libro es rojo”.

Epistemólogo (consultando los indicadores): También es falso. Y de nuevo, por mucho que repitas el verbo creo todas estas frases serán falsas.

Frank: Bueno, ha sido una experiencia muy instructiva. Sin embargo, tiene que admitir que  me resulte un poquito difícil aceptar que estoy albergando infinitamente creencias erróneas.

Epistemólogo: ¿Por qué dices que tus creencias son erróneas?

Frank: ¡Pero si no has hecho más que decírmelo todo el rato!

Epistemólogo: ¡No en absoluto!

Frank: ¡Dios mío! Estaba dispuesto a admitir todos mis errores y ahora me dices que mis creencias no son errores; ¡qué vas a hacer!, ¿volverme loco?

Epistemólogo: ¡Eh cálmate! Intenta recordar: ¿Cuándo  he dicho que ninguna de tus creencias fuera errónea?

Frank: Recuerda la secuencia infinita de frases: (1) Creo que este libro es rojo; (2) creo  que creo que este libro es rojo; y así sucesivamente. Me dijiste que cada una de esas afirmaciones era falsa.

Epistemólogo: Es cierto.

Frank: ¿Entonces cómo es que sostienes que mis creencias en todas estas afirmaciones falsas no son erróneas?

Epistemólogo: Porque, como te he dicho, no crees ninguna de ellas. Frank: Creo que comprendo, aunque no estoy seguro.

Epistemólogo: Voy a explicarlo de otra manera. ¿No ves que la misma falsedad de cada afirmación que haces impide que tu creencia anterior sea falsa? La primera afirmación es, como dije, falsa. ¡Vale! La segunda afirmación dice sencillamente que crees  la primera afirmación, de ahí que tu creencia acerca de la primera afirmación caería en el error. Pero afortunadamente la segunda afirmación es falsa, así que en realidad no crees la primera afirmación, por tanto no es errónea. De esta manera, la falsedad de la segunda afirmación implica que no tienes una creencia falsa en relación a la primera; la falsedad de la tercera te impide de lamisca forma tener una creencia falsa acerca de la segunda; y así sucesivamente.

Frank: ¡Entiendo perfectamente! Así que ninguna de mis creencias era errónea, sólo las afirmaciones eran erróneas.

Epistemólogo: Exactamente.

Frank: ¡Extraordinario! Por curiosidad: ¿De qué color es el libro en realidad?

Epistemólogo: Es rojo. Frank: ¿Qué?

Epistemólogo: ¡Exactamente! Claro que el libro es rojo. ¿Qué te pasa no tienes ojos?

Frank: Pero ¿No te he estado diciendo todo el rato que el libro era rojo?

Epistemólogo: ¡Por supuesto que no! Has estado diciendo que te parece rojo, que crees que es rojo, y así sucesivamente. Ni una sola vez has dicho que el libro sea rojo. La primera vez que te pregunte: “¿De qué color es este libro?”, con que hubieras contestado sencillamente “Rojo”, esta pesada conversación no hubiera tenido lugar.

 

(Tomado de Raymond Smullyan. 5000 años A. De C. y otras fantasías filosóficas Edic. Cátedra, Madrid, 1993, págs. 76-80).

Anuncios